Te contamos la experiencia de Mauri, un amigo que conocimos en Sydney, haciendo Farm en el norte de Australia. Tuvo que someterse a trabajos muy arduos con 40 grados de temperatura, malos tratos y habitaciones que parecían salidas de una película de terror ¿Y vos, harias todo esto para quedarte un año más? 

Llevaba casi 5 meses viviendo en Sydney y un buen día decidí que quería quedarme un año más. Me gustaba el país y sentía que a pesar de que no estaba disfrutando demasiado los trabajos que hacía, un año no sería suficiente. Que tampoco me daría para mejorar mucho el inglés, que era uno de mis principales objetivos. El tiempo se acortaba, porque para poder extender mi visa un año más, debía trabajar 3 meses antes de cumplir el año. Eso siempre que todo saliera redondo, porque sabido es que si no trabajás para la misma farm esos 3 meses, en realidad te cuentan solo los días efectivamente trabajados. Y ahí estás en el horno, porque tenés que trabajar más de 4 meses. Y conseguir un laburo en farm tampoco es tan sencillo.

Sabía que tenía que aguantar un par de meses, porque mis viejos ya habían sacado pasajes para visitarme en Sydney. Apenas se fueron, después de casi dos semanas, me hizo un clic. Me di cuenta que no quería seguir trabajando ni de food runner, ni repartiendo folletos. Que si iba a hacer la farm, ese era el momento. En menos de una semana investigué todo lo que pude, llamé a los avisos que vi en Internet y me entró la desesperación: leí sobre varios estafadores, gente que ganaba míseros dólares por día después de romperse el lomo bajo el sol… yo definitivamente no quería eso. Si iba a sacrificarme, por lo menos que valiera la pena y me permitiera ahorrar unos mangos. Tampoco tenía auto, así que la opción de salir a recorrer farms alrededor de Sydney tampoco era una opción.

Un buen día logré dar con un “consultor” que se encargaba de conseguir trabajos en farm a backpackers como yo. Tenía página de facebook, algunas buenas reseñas… todo pintaba bien y cobraba $40 por el servicio, que tampoco me parecía tanto, si me garantizaba el laburo. Sabía que era en el norte y que pagaban $21,61 por hora, ¡buenísimo! Apenas le hice la transferencia, me llamó y me mandó los detalles del lugar. Me tenía que ir al recontra norte del país, a un lugar que jamàs había escuchado. Entré a Google maps y busqué “Atherton”. Bueno listo, queda cerca de Cairns. Sucede que necesitaban gente urgente, así que un viernes de noche me comprometí a estar allá el domingo. Y así fue, me tomé el vuelo y esperé todo el día haciendo tiempo para que saliera el maldito único bondi diario que unía a Cairns con Atherton.

Llegué al famoso “Working hostel” (de los cuales ya había leído historias nefastas) un domingo a las 5 de la tarde. El hostel tenía un bar abajo, que resultó ser el bar del pueblo, al que caían los más distinguidos viejos choborras del condado. Pero a su lado, había un buen grupo de británicos despilfarrando el dinerillo bien ganado durante la semana.
Jamás me voy a olvidar de la imagen cuando entré a esa habitación. He viajado mucho y me encanta dormir en hostales, compartiendo con gente. Pero el monumental quilombo que había en esa habitación de 5 cuchetas era indescriptible. Los desgraciados tenían 3 o 4 cuerdas colgadas, que atravesaban la habitación de punta a punta, donde colgaban ropa para secar se supone. Le mandé fotos de ese desastre a mis amigos y varios estuvieron de acuerdo en que eso era peor que estar viviendo en una cárcel…

Obviamente no tenía dónde guardar mi ropa, pero tampoco tenía un enchufe en la cama de arriba donde enchufar mi celular. Todo viejo y descuidado. Yo pensaba: cómo estos 65 tipos pueden vivir acá? Después entendí que los working hostels son una gran mafia, que a cambio de conseguirte trabajo, te obligan a que vos te hospedes ahí. Y si te vas, hablan con la farm para que te despidan. Increíble pero real.

Se suponía que arrancaba a laburar el día siguiente pero no… el martes tampoco. Estaba todo el día al pedo en ese pueblito de menos de 10.000 habitantes volviéndome loco. La cocina era muy chica para tanta gente y para cocinar prácticamente había que sacar número. Me quejé con el consultor, que a su vez tenía un arreglo con el dueño del infame hostel. Un tipo despreciable, antipático, que para lo único que estaba era para hacer guita.

Llegó el jueves, primer día de trabajo. “El bondi pasa a las 6” me dijeron… no había arrancado y ya me quería matar. Puse el despertador a las 5, me bañé y me puse mis zapatos de seguridad comprados en el Kmart con olor a nuevo todavía. En la farm había mucha mucha gente. Después de la inducción, me llevaron con mi “tropilla”… Bananas, campos de bananas… había árboles por absolutamente todos lados. Me vieron medio debilucho así que me asignaron el grupo de “dieseling”. Una función que consistía en tener una mochila con un bidón de 5 litros de diesel en la espalda, y con una pistola de metal, tenía que inyectárselo a los troncos de los árboles recién cortados por los que iban adelante tirando hachazos para todos lados. Había que hacerlo rápido, durante 10 horas… Ah! y no había tenido en cuenta que era fines de noviembre y el clima tropical del norte de Australia, implica temperaturas de entre 30º y 40º. Y cuando llueve, nada, bajar la cabeza, ponerse una capa de nylon si se quiere, y seguir adelante. Dos cortes de 15 minutos (uno de mañana y uno a la tarde) y media hora para almorzar. El resto del tiempo ahí, metiendo diesel.

Por suerte en general se iba de a dos o de a tres, para cubrir todos los árboles de cada hilera. Lo mejor que me dejó este experiencia fueron amigos, como Matteo, un tano fanático del Milan, con quien nos pasábamos hablando de fútbol. Pero el socio cambiaba cada día, así que podía que me tocara con el taiwanés que no hablaba inglés. ¿Cómo? Sí, había un taiwanés que no hablaba inglés. Pobre, era buenísimo y laburaba a una velocidad triple en comparación con la mía. Pero no hablaba una gota de inglés, así que los días que me tocaba laburar mano a mano con él me quería matar. 10 horitas sin poder cruzar palabra… en silencio.

Si bien se trataba de estar todo el día caminando con la mochila pesada en la espalda, chorreteando diesel por todos lados (al final de cada día parecía que me hubiera metido a nadar en un pozo de una estación de servicio), bajo unos solazos fulminantes y sudando la gota gorda… lo peor era que cuando volvía a “casa”. El caos de ese hostel era tremendo, había que hacer cola para bañarse en esos baños de cuarta… y la cocina era un desafío. La habitación era un quilombo permanente. Yo llegaba molido y quería estar tranqui, pero era imposible. El 95% de los backpackers eran británicos o irlandeses y se la pasaban todos los días chupando en el bar, no le daban descanso al hígado. Un buen día me bajé a tomar una Guinness al bar y conocí a una argentina que estaba laburando en la barra. Super copada y cuando le dije que era uruguayo me empezó a hablar en español. Era la primer persona que conocía que hablaba en español, y si bien con el inglés me arreglo, fue como un oasis en el desierto. “En 10 días vienen dos amigos míos de Mar del Plata” me dijo. “Vamos carajo, sangre rioplatense” pensé yo.

Los días iban pasando y cada uno era una tortura. Miraba el reloj a cada rato y los minutos no pasaban. Un trabajo completamente automático, que quizás hasta un mono podía hacer, en el medio de la nada, con unos calores tremendos y en silencio buenas partes del día. La buena noticia llegaba los jueves de tarde: ¡payday! Cuando llegaba el mail con el payslip, que después se confirmaba con la transferencia, el dolor se disimulaba más.

Al tiempo llegaron los marplatenses, una pareja que había llegado recomendada por la chica del bar. Nos terminamos haciendo grandes amigos hasta el día de hoy, más de tres años después. Compartíamos cenas, charlas, los días libres nos íbamos a recorrer cosas en la vuelta. Muchas veces eran charlas de catarsis, ellos de sus arándanos y yo de mis bananas. El panorama empezó a mejorar con amigos. Y nos dimos cuenta que había un montón de naturaleza para explorar en el área, especialmente cataratas y lagos que son famosos en esa zona.

Las semanas iban pasando, pero yo cada día me despertaba con una amargura terrible, como con un nudo en el estómago. No quería ir y no quería ir. Realmente lo sufría, pero era más grande mi orgullo y mis ganas de superar el desafío, que de ninguna manera iba a renunciar. Tampoco era bueno haciendo el trabajo, porque quienes me conocen, saben que manualmente soy muy torpe y lento. Me ligué hasta alguna puteada, pero yo hacía lo mejor que podía. Cada día pensaba en los días que me faltaban para terminar. Pensaba en ese número desde que desayunaba, hasta el final del día, era un desafío conmigo mismo.

Lo peor eran los días de las moscas. En general no jodían tanto, pero la mosca australiana es la mosca más boluda e insistente que conozco. Se me metían en los ojos, en las orejas, en la boca, en la nariz… permanentemente. Y claro, no era que tuviera las manos libres como para sacudirlas, así que las sacaba como podía, pero volvían, siempre volvían. También vi tres serpientes, una de ellas enorme, descuartizada en la ruta a dos cuadras de llegar al trabajo. Cada vez que vi una quedé petrificado. Y es más, en la inducción nos habían dicho qué hacer si nos picaba una, ¡muy alentadora la bienvenida! Hormigas, toads (unos sapos negros venenosos), cucarachas y arañas de todo tipo y color… hasta wallabies vi corriendo. Y bueno, Australia es el país de los bichos y uno se termina acostumbrando.

También trabajé haciendo deleafing, que es sacarle las hojas amarillas o enfermas a los bananos, con un palo largo con una hoz en la punta. Planté arándanos y desmalecé plantas de café (este fue el más duro, porque parece que las tarántulas aman estas plantas y estaba lleno, incluyendo las venenosas, pero zafé).

Para rematar, pasé dos veces por el hospital. La primera porque me rompí literalmente un nervio de una pierna, por lo cual no podía mover el pie, sino que lo arrastraba. Tuve que ir hasta Cairns para hacerme estudios, porque podía ser un “tema serio” según me dijeron en el hostpital de Atherton (re tranquilo me dejaron). Al final me llevó meses recuperar la sensibilidad y el movimiento en algunos dedos del pie, pero no dejé de trabajar ni un día, por miedo de que me pegaran una patada. La segunda fue una infección en un ojo, provocada por un chorro de diesel… precioso! Para un usuario de lentes de contacto no debe haber algo peor, pero bueno en cuestión de 10 días ya estaba recuperado.

Las semanas fueron pasando y la cuenta regresiva se iba acercando. A los casi dos meses de estar viviendo en el working hostel, un escocés se declaró en rebeldía y se fue del hostel. Al otro día siguió trabajando como si nada, así que comprobé que el acuerdo que el mafioso del hostel tenía con mi farm no era tan firme (sí sabía de casos de otras farms donde gente se había quedado sin trabajo por irse, pero hasta ese momento de mi farm nadie se había animado). Así que empecé a buscar desesperadamente una casa compartida y a los pocos días me mudé con un coreano, dos chinos, una india y un francés, a una casa tranquila, limpia y ordenada en Mareeba. No lo podía creer, a la vuelta del trabajo podía estar en paz, cocinar sin tener que sacar turno ni que nadie me estuviera apurando… Mi situación cambió notablemente y la situación se hizo mucho más llevadera.

Se acercaban los 88 días y no tenía planes de qué hacer después. Para cuando terminara, me quedarían menos de dos meses de visa y un poco más para mi visita a Uruguay, que ya tenía planeada para estar en el casamiento de un amigo. Mis compañeros de farm más experimentados, me dijeron que en breve iba a empezar la temporada de picking de paltas, que era mucho más fácil y llevadero que las bananas. Que me quedara, que iba a ver lo fácil que era y se hacía buena plata. Mi otra opción era volver a Sydney, de donde saldría mi vuelo, pero tampoco tenía un trabajo fijo al cual volver, y hasta ese momento mis trabajos anteriores tampoco me habían rendido mucho económicamente. Así que un día de inspiración, decidí casi en un acto de masoquismo, quedarme dos meses más. En esa farm que odiaba, pero que al final de cuentas tampoco era tan horrible. Comprobé que el ser humano tiene la increíble capacidad de acostumbrarse absolutamente a todo. Y detalle no menor, veía que semana a semana mi cuenta bancaria se iba abultando. Pensé ok: me sacrifico dos meses más haciendo esto, pero a la vuelta de Uruguay me voy varios meses a Asia. Y así fue, con esos ahorros me dio y sobró para recorrer sin apuros Filipinas, Malasia, Indonesia, Singapur y China por unos 3 meses. No pain, no gain.

El trabajo con la palta sí resultó ser más llevadero que el de las bananas, pero se dio que llovió mucho más. Esos días en los que arrancaba a trabajar bajo lluvia a las 7 de la mañana y que no paraba hasta las 5pm que me iba, no se los deseo ni a mi peor enemigo (bueno un poco sí). Trabajo super monótono de nuevo, pero cambió que siempre íbamos en grupos más grandes, o de al menos 3 personas para “pelar” los árboles más rápido. Obviamente nunca habia visto tantas paltas juntas en mi vida. Había árboles a los que les sacábamos como 400 paltas solo a nivel de piso, porque atrás nuestro venían otros compañeros con sus “cherry pickers”, unas máquinas desde las cuales se auto elevaban para sacar los otros cientos que desde el piso no podíamos alcanzar.

Trabajé con aborígenes australianos, esos “indígenas” locales que tienen tanta mala fama y que en Sydney no me había cruzado ni con uno solo. La gente dice que son vagos, drogadictos y alcohólicos, que no quieren laburar. La gente habla idioteces, como en todos lados. Yo tuve la suerte de compartir jornadas de trabajo, chistes, charlas, comidas y demás con aborígenes de primera, grandes trabajadores y super responsables. También trabajé con taiwaneses (muchos), chinos, japoneses, coreanos, franceses, italianos, alemanes, holandeses, ingleses, irlandeses, chilenos, neozelandeses, australianos y de alguna otra nacionalidad. Eran tropillas totalmente multiculturales y esa fue de las mejores cosas de la experiencia.

Trabajar como peón rural para alguien que se quemó las cejas leyendo para terminar una licenciatura no es sencillo. Salir de la comodidad de una oficina, tomando café calentito con aire acondicionado, vestido de traje y corbata… ¿para qué? si me habré hecho esta pregunta miles de veces, literalmente cada uno de los días que fui a trabajar, a cada hora. ¿Por qué? ¿Qué necesidad?

Fue la primera vez trabajando realmente ensuciándome las manos, metiendo las botas literalmente en el barro, soportando calores extremos, lluvias, moscas, arañas y jornadas interminables de un trabajo físicamente cansador y mentalmente desafiante. Recibiendo órdenes de personas que quizá no hubieran terminado la escuela. Y hasta rezongos. Es un baño de humildad que super recomiendo hacer, aunque sea un tiempo. Es muy fácil ir al super y ver todas las frutas y verduras relucientes en las góndolas… pero saber el trabajo y sacrificio que hay ahí atrás, sinceramente no tiene precio. No solo te da otra perspectiva, sino que te da la posibilidad de relacionarte con personas, que lamentablemente, no lo hacen por opción ni por sacarse las ganas de conocer algo diferente. Justamente lo hacen porque no tienen ninguna otra opción. Y en la mayor parte de los casos, saben que están “condenados” a hacer ese trabajo durante toda su vida. Es su medio de subsistencia al fin y al cabo. La parte positiva es que en Australia, aún siendo peón rural, se obtienen salarios que les permiten tener una vida mucho más que digna. Llegan a fin de mes sin ningún tipo de problema, tienen su casa, su autito, cubren todas sus necesidades y hasta se dan el lujo de algún viajecito. Ojalá fuera así en el resto de los países, en Sudamérica sin ir más lejos…

Resumiendo, la farm es una experiencia durísima para quien nunca haya hecho algún trabajo de campo, o manual, o monótono, o a la intemperie. Pero que recomiendo hacer una vez en la vida para saber de qué se trata y hablar con propiedad. Para valorar lo que uno tiene y no dar por sentado muchas de las cosas que uno asume como normales. Para conocer otras realidades y aprender qué se siente estar de ese lado. Cómo piensan, qué les preocupa, qué esperan de la vida. Una experiencia dura sí, pero que una vez terminada, se transforma en una de las mayores lecciones de vida que podamos tener.
¿Qué te pareció la experiencia de Mauri en la Farm? ¡Esperamos que te sirva! Si tenés alguna duda dejanos un comentario

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